Ernesto Escapa
Como ya llevaba una década larga fuera del tráfico de la actualidad cultural, la pérdida de don Amando Represa (1918-2010) ha pasado bastante inadvertida, con el cumplimiento de los obituarios de ordenanza, a los que apenas hubo que sumar la cálida despedida del joven historiador Enrique Berzal y el homenaje de su amigo José Jiménez Lozano. Es la diferencia con quienes apuraron hasta la última hoja de su calendario funcionarial para el reparto y disfrute del pastel. Esta especie deja una sobrinada con más obligaciones.
A don Amando Represa, que dirigió durante casi dos décadas y hasta su jubilación el Archivo General de Simancas, lo mandó prematuramente para casa una de esas reformas laborales que sus señorías implantan y luego corrigen a la vista del traspié, consistente en despedir a los sesenta y cinco a todo bicho viviente. Lo mismo al esforzado trabajador manual que al que dispensa la sabiduría de su experiencia. De aquella hornada, recuerdo el desamparo en que quedó gente nuestra de tanta valía como Santiago de los Mozos o Emilio Alarcos. A don Santiago le tacharon hasta la extensión telefónica de la Guía académica, como paso previo a su cesantía universitaria. No existían entonces los emeritajes y demás figuras paliativas y unos lo llevaron mejor que otros.
Al salir de Simancas, adonde volvía siempre que pintaba una oportunidad, don Amando activó su afición peripatética por la ciudad, que le llevaba cada mañana a cumplir con las estaciones de los Filipinos, donde le esperaba el padre Mielgo, y de Ámbito, donde compartía unos pitos y un rato de jugosa parla, antes de volver a casa para el almuerzo. En el camino, cualquier disculpa era buena para trabar conversación con gente de procedencia campesina, a la que seducía su manejo de sabrosos y lejanos episodios históricos relacionados con su pueblo.
Por las tardes, el circuito incluía el paseo por el Campo Grande y las paradas en la Librería Lara y en la redacción del Norte. Las tertulias de Lara tenían su prolongación en el café aledaño, y luego el acercamiento al periódico, donde mantuvo durante años la costumbre de anotar cada día en su libreta las temperaturas que enviaban de Villanubla, sin esperar a su publicación. Hombre campechano y de humor singular, prefería el contacto con la gente común al peaje de los intelectuales. Así que cumplió los trámites que le iban resultando gratos y desdeñó el resto. Velicia y Jiménez Lozano lo incorporaron desde el principio al núcleo duro de las Edades del Hombre, donde no había más gente que ellos tres.
En esa órbita, fue responsable de la muestra sobre libros y documentos, que estuvo expuesta seis meses en los claustros de la catedral de Burgos. Y sabía sacar punta a la estulticia de los sabios oficiales, como el entonces director de la Academia de la Lengua, que estampó y firmó en el libro de visitantes de las Edades un borrón ortográfico de vergüenza ajena. Esa forma de ser la conservó hasta el final. Ayer me contaba su fiel Beberly cómo le gustaba salir cada tarde a tomar café a unos grandes almacenes, para seguir en contacto con la gente. Y sus bromas de hospital, cuando ya las estancias se hicieron cada vez más frecuentes.
Es verdad que era un tipo singular don Amando. En mi pueblo se recuerda su gusto en charlar con el pastor, sin hacer mucho casoen cambio a los catedráticos que iban por el archivo a engordar su escalafón. Seguramente, por eso, sus exequias civiles no han contado con tantos sacristanes como otros festivales funerarios de lamentable memoria. Esté donde esté, tendrá a la gente entretenida el buen don Amando. Que la paz esté con él.
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